La última vez que se limpió la habitación fue hace dos semanas. No olía especialmente mal pero si se echaba en falta algún que otro cajón clasificador.
Revistas, cajas de videojuegos y latas de refresco ordenaban el desorden.
Nuestro protagonista había pasado los últimos días en un estado de nerviosismo por el lanzamiento de un videojuego. Para él lo era todo, tenía 16 años y nada más que hacer. El instituto había acabado y si bien es cierto que no era especialmente ducho en sacar buenas notas, había aprobado todas las asignaturas.
El día del lanzamiento había llegado, lo había pre reservado con nueve meses de antelación cuando allá por octubre del pasado año, se había lanzado un teaser que había hecho temblar los cimientos de su mundo. Era la comidilla de la clase. El junto con sus amigos estaban tan emocionados que difícilmente podían contener su ilusión.
No todos pudieron reservarlo hasta pasado un tiempo, sus padres tenían algo que decir al respecto.
Si quieres el videojuego tendrás que ganártelo – explicaron los padres de Samuel.
Te retiramos un 5% de tu paga y así podrás comprártelo para cuando salga – alegaron los padres de Adríán.
En el caso de nuestro protagonista fue más sencillo, dedicaría buena cantidad del dinero percibido en navidades a dicho producto, así para cuando saliera al mercado dispondría de liquidez más que suficiente.
Una hora antes de la apertura de la tienda, ya estaba con sus amigos Samuel y Adrián en los alrededores del establecimiento, soñaban despiertos con cómo sería el tenerlo en sus manos, cómo se sentiría el peso de la caja, si vendría con manual o guía y si es así, con cómo olerían sus páginas.
No importaba tanto si el videojuego era bueno, iba a serlo a la fuerza.
El márketing ya había hecho su parte.
Los chavales habían estado macerando su ilusión en la marmita de las expectativas de tal manera que era imposible que no fuese sencillamente espectacular.
No se contemplaba otro escenario.
Abrieron las puertas y pese a haberse congregado buena parte de la adolescencia de todo el pueblo (y no tan adolescencia), no hubo ningún momento de nervios por quedarse sin un ejemplar, entraron de manera ordenada y se dirigieron a la sección de “departamento de electrónica».
Allí estaba, un gran stand con una imagen promocional de cartón y estanterías llenas. Cuando cogió un ejemplar se sintió pleno.
Había llegado el momento, se iba a pasar lo que quedaba de verano jugando a la consola y comentando los progresos con sus amigos. Le sudaban las palmas de las manos de pura emoción.
Se dirigían hacia la cola de la caja registradora cuando alcanzó a escuchar una conversación de un grupo de entusiastas más adelante.
- te digo que la joya del rey no estaba en esa mazmorra.
- Y yo te digo que si, justo al lado del manantial.
No pudo evitar esbozar una sonrisa torcida, había reconocido de qué videojuego hablaban.
El camino a casa se hizo especialmente largo, solo quería llegar cuanto antes y encerrarse en su cuarto. Le daba la sensación de estar caminando solo, en absoluta abstracción pese a oir las voces de sus amigos en segundo plano.
De vez en cuando, se le escapaba una mirada a la bolsa, como para corroborar que el juego no había desaparecido por arte de magia.
El ticket de compra lo había guardado dentro de la caja y aunque sabía que no lo iba a devolver, no quería tirar nada relacionado con aquel evento.
Se despidió de sus amigos en un cruce acordando previamente que se darían dos días para volver a reunirse a hablar del videojuego. Olvidó recordarle a Adríán que pasaría por su casa a llevarle la tienda de campaña pero cuando se giró ya habían desaparecido.
Están más emocionados que yo – pensó.
Sorteó el riego del césped sin mojarse demasiado y entró en casa, no sin antes quitarse las zapatillas. Fue a la cocina, cogió una coca cola y subió las escaleras de dos en dos.
Cerró la puerta, sacó el cartucho y lo colocó en la consola. Pasados unos segundos, percibió que tardaba más de lo normal en iniciarse. Empezó a impacientarse cuando se dio cuenta de que no había encendido la televisión. Estaba demasiado nervioso.
Ahí estaba, la música inicial con el letrero del juego en letras rojas capitalizadas. Era abrumador, no pudo evitar sentir el vello de punta. Pulsó el botón de iniciar y la música se fue apagando en fade out.
Todo acompañaba, un pixel pulido, efectos de audio polifónicos y la imaginación para completar el resto.
Apareció el primer texto en pantalla y a medida que leía le fue cambiando el rictus de la cara.
¿ESPERASTE A SAMUEL Y ADRIÁN?, las respuestas posibles eran SÍ y NO.
Deslizó la mano hacia el brazo contrario y se pellizcó. Le dolía. Sentía real el dolor. No estaba soñando.
Pulsó NO.
Apareció un punto intermitente, como si estuviese pensando la respuesta.
Miró por la ventana con la esperanza de ver algo sobrenatural que justificase lo que estaba viviendo, pero no ocurría nada. Un gran árbol mecía sus ramas al son de la brisa veraniega, nada más. A esas alturas ya sollozaba.
Devolvió la mirada a la pantalla.
En ella apareció el texto; JUGARÁS LA CARA B.
Este relato fue escrito para ser expuesto a mis amigos/as en nuestra convocatoria de escritura del 26 de julio de 2025.




