Cualquiera de las personas que se encontraba allí seguiría sin pensar en las consecuencias si se repitiesen los acontecimientos. Es decir, habrían desechado rápidamente una idea innovadora, creativa y quizás alocada y volcado sus esfuerzos en conclusiones parecidas a las que se tomaron.
El fin justificaba los medios, pero ¿qué importaban los medios si el resultado era el mismo?
Todas las investigaciones y pesquisas quedaron inexplicablemente en punto muerto. Una dependencia parecía haber levitado por encima de las demás construcciones en el pequeño asentamiento de Cuervo (Nuevo México). La cimentación estaba combada de dentro hacia afuera y la estructura de hierros con entramado de malla sobresalía del subsuelo.
Habían llegado inspectores de Colorado y Arizona, pero daba igual. Tan pronto como vinieron, acabaron yéndose cuando cumplimentaron los formularios pertinentes con la cabeza alta por haber hecho bien su trabajo. Conciencia tranquila.
La población total constaba de unas 90 personas, de las cuales 13 estaban en el lugar de los hechos cuando sucedió. Todos salieron ilesos, algunas magulladuras por allí y algunos traumatismos producidos por la sacudida por allá. Todos menos el pequeño de los Bundy, que se partió el cuello en la barra de bar cuando el habitáculo descendió.
Así sucedió.
Las chicharras emitían a todo volumen, con un sol bien alto en el cielo gris de Cuervo. El sudor perlado en la frente de los vecinos, que han acabado de comer y muchos dormían la siesta cocidos en su propio jugo, rezando por una pequeña brisa a través del ventanuco. Los forajidos ya no transitan por aquí, la Western Union abrió vías de ferrocarril para evitar rodeos y abandonó este asentamiento a su suerte.
La madera crujía debilmente con cada movimiento en las pasarelas bajo los porches de unas calles improvisadas hace 50 años. Los que no podían dormir se dirigían al centro neurálgico de la vida pública en Cuervo, su salón.
Mi abuelo decía que el progreso no era construir ocio sobre culto, que ese salón debería haber sido construido en otro lugar, nunca lo entendí.
No lo entendí hasta aquel suceso.
Los sombreros de poco sirven, pero todo el mundo se lo quita cuando accede al salón, nadie tiene nada que ocultar. La distribución de las mesas era equitativa en función del espacio y la pianola hacía mucho que no se tocaba y rebosaba de polvo y arena.
Era curioso como en el abrevadero de la entrada, los caballos desprendían un olor neutro y dentro del salón la mierda de caballo embriagaba la estancia.
Hank «El Centauro» Caldwell, se encontraba en penumbra, con su whisky de media tarde y las manos entrelazadas en la mesa. Tenía la mirada perdida en un horizonte imaginario, que casi parecía más un abismo.
- ¡Eh! ¡Despierta Caldwell! —saludé.
Nadie hablaba de las altas temperaturas, era absurdo. Sin embargo, El Centauro dijo:
- Hace calor ¿eh? — apuntó como si no fuese evidente.
El camarero no hizo ademán de interesarse, encogió los hombros y siguió limpiando un vaso que hacía tiempo estaba reluciente.
Me senté en la barra y pedí café. Las estanterías de bourbon y zarzaparrilla tenían una pared espejo y podía divisar la mirada infinita de Caldwell incluso estando de espaldas a él.
Gente hastiada hablaba en tono de interiores, absortos en su conversación. Cuando el camarero me trajo el café pude ver que había limpiado los espejos, estaban tan limpio que mi atención se centró rápidamente en el reflejo. En una de las sillas, Caldwell había traído consigo lo que parecía ser un hatillo sin mango.
La tela dibujaba un contorno ovalado, sólido y de unos 30 cm. Me di la vuelta sobre el taburete para verlo con mis propios ojos cuando Caldwell giró la cabeza y me dijo:
- Titanio, aluminio y circonio. Lo quieren mezclar, que lo extraigan ellos ¿no? —Dijo con un ligero tono de voz distinto.
No daba crédito a lo que acababa de oír. Posiblemente Caldwell acababa de pronunciar por primera vez en su vida la mayoría de las palabras de esa frase. Él qué iba a saber de minerales.
No solo sus palabras causaron conmoción en mí, su expresión también tuvo parte de culpa. A medida que pronunciaba esas palabras su ojo izquierdo describía una trayectoria ajena a la quietud de su otro ojo.
Reí por puro nerviosismo y me aferré al chascarrillo:
- ¿Ya has estado bebiendo agua destilada Centauro?
El camarero rio para sus adentros con un carcajeo opacado que resonaba desde la despensa.
- Has visto los cráteres de la reserva Sioux desde la infancia, ¿verdad? Nuestros abuelos nos prohibían jugar allí porque salvar el desnivel era difícil para un niño, era peligroso. —contestó el Centauro.
Si bien es cierto que Caldwell nunca había estado tan extraño y misterioso, rebosaba confianza en su discurso.
- Ahora ya somos adultos y esos cráteres se pueden visitar sin problema. Hasta parecen pequeños. Me dijeron que lo trajera de allí, que la información flotaba y solo tenía que alargar el brazo para conocer sus intenciones. Bien, eso hice. Me asustaron y tropecé con el objetivo de precipitarme a la información y así fue como se presentaron. En mi cabeza resonaron palabras que podían formar una frase coherente, algo parecido a:
“objeto nuestro y tuyo ahora. Planeta poco de edad con especie menos que poco, poco poco”.
Para entonces ya me había sentado en su mesa y le había pedido que bajara el volumen. Siguió hablando y cuando me quise dar cuenta, en el salón había descendido la temperatura. O eso, o me había habituado al sofocante calor que allí hacía.
Los clientes del salón también lo notaron, alzaron las cabezas como suricatos intentando divisar a un depredador. Tenían la esperanza de que alguien diese una explicación, no la hubo.
Quise preguntar quien le había proporcionado toda esa información en la reserva Sioux pero, ante la repentina incomodidad de la gente, Caldwell acabó de un trago su whisky y salió a paso ligero hacia la salida con el objeto bajo su brazo izquierdo. De manera instintiva, amartillé el gatillo de mi Colt suavemente.
De aquí en adelante los recuerdos son dispersos, todo saltó por los aires y debí quedarme inconsciente. Cuando abrí los ojos tenía tablones y vigas sobre mi tronco inferior, estaba inmovilizado. Comencé a toser y al abrir los ojos, pude ver una silueta en el umbral de la puerta.
Había dejado el objeto que traiga consigo, se giró y pronunció algo parecido a lo siguiente que voy a relatar:
- Esto está compuesto de aquello que llamamos titanio, aluminio y circonio. El objeto no es dado como especie y en calidad de especie. Pero el ser humano ya no es especie. Es especia, como un aderezo, un añadido para condimentar un planeta abocado al desastre. “Ellos” dicen que este objeto es como “manzana de Adán”, que así lo íbamos a entender, que en el pasado tenía sentido para el ser humano pero que están obligados a entregárnoslo, aunque suponga nuestra perdición.
Desperté con una bocanada de oxígeno repentida y dolorosa. Poco a poco, fui regulando la respiración y notando mis extremidades. Después de recuperarme en una carpa improvisada, me incorporé con mareos y dolor en numerosos puntos de las piernas. De manera bastante ortopédica, fui aferrándome a todo lo que veía hasta llegar al lugar de los hechos.
El polvo se había disipado y el sol dibujaba una paleta de colores rosados en el horizonte. El lugar donde antes había un salón y sus alrededores habían formado un cráter de escombros y olor a alcohol.
Me senté en el borde del agujero y mi visión se perdió en el desastre que era aquello.
Decidí encenderme un cigarro cuando vino la enfermera de campaña a asegurarse de mi estado y dio el visto bueno a mis constantes. Sin embargo, no se fue hasta soltarme la perorata acerca de que tenía que descansar para recuperarme de mis lesiones satisfactoriamente.
Al cabo de un tiempo, la oscuridad gobernaba el lugar y decidí volver a mi habitación del burdel cuando mi mirada se cruzó con el camarero del salón. Esperé a que terminara de despachar a dos chicos de pelo raído.
- Son de la aseguradora, tengo que pensar cómo voy a salir de esta. -me explicó.
Entendí la rabia y frustración de la que hacía gala y tras esperar a que terminara de desahogarse, le pregunté acerca de Caldwell. Quería saber si lo había visto en el hospital de campaña.
- No lo he visto no, ¿salió del bar? Quizás huyo muerto de miedo. Siempre ha sido bastante escurridizo y solitario ya sabes…
- Es posible. – le contesté.
El camarero comenzó a alejarse cuando me sobrevino una pregunta más.
- Oye Smith, ¿recuerdas si El Centauro traía consigo algo cuando entró al salón? -le pregunté.
Tras un momento de pausa, el camarero se pronunció a cierta distancia:
- Pero qué iba a traer, si lo que traía era su sueldo para gastar en whisky. Solo vino con su pesadumbre y silencios prolongados de siempre.
Tras esto, se marchó a las carpas sanitarias. Me quedé solo en aquel terreno árido y miré a las estrellas, pensando en todo lo que había ocurrido.
Sin duda, aquel fue un día que marcó mi vida y que, indudablemente, no estaba previsto.
Este relato fue escrito para exponer a mis amigos/as en nuestra convocatoria de escritura el 15 de septiembre de 2023.




